Trabajo infantil, problema que continua en el Ecuador
- 5 ago 2016
- 2 Min. de lectura

¿Quién no ha visto, en las calles de Quito, a niños y niñas que se acercan a los transeúntes para venderles caramelos, betunar zapatos o realizar alguna proeza artística en trasportes públicos para luego proceder a vender caramelos?
Hace frío, o hace una mañana calorosa y se inicia el día. Son las 8 de la mañana, la gente va apurada, llevando a sus hijos al colegio, yendo al trabajo o esperando que abra el supermercado. Lucia, de 8 años, ya comenzó hace rato su labor cotidiana, subió al trasporte público comenzó cantando para luego proceder a vender caramelos. El objetivo de su es vender al menos 30 paquetes para llegar a las 21 horas a su hogar y ayudar a que haya comida en casa para sus 6 hermanitos.
Detrás de ese niña que nos interrumpe nuestro apuro diario, hay una historia: la de una niña que con apenas 8 años no tiene tiempo para jugar, reírse y que ya desde pequeña lleva en sus espaldas la responsabilidad de un adulto que debe conseguir el dinero diario para vivir.
En Ecuador, según una encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), el trabajo infantil representa un total de 269.881 niños en 2016. El Observatorio de la Niñez y Adolescencia (ODNA), por su parte, registró un total de 779.000 niños trabajadores. Si las cifras discrepan, los hechos son innegables. La labor de jóvenes sigue vigente en el país de manera ilegal.
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la participación de los niños en la actividad económica es autorizada a partir de 12 años solo si no perjudica sus estudios, su salud y su desarrollo, conforme a la Convención 138. Pero el trabajo es ilegal en el momento en que tienen menos de 12 años o hasta 14 y perjudica su salud.
A nivel mundial, alrededor de 215 millones de niños trabajan, de los cuales unos 127 millones son chicos y 88 millones chicas, a menudo a tiempo completo, reportó la OIT en 2012. Entre ellos, 115 millones sufren las peores formas de trabajo, como condiciones peligrosas, esclavitud, trabajo forzado, actividades ilícitas, tráfico de drogas, prostitución e incluso reclutamiento en conflictos armados.
Por otro lado esta niña tampoco tiene tiempo para jugar y está expuesto a altos riesgos emocionales y físicos. En definitiva, asume el rol de un adulto y tiene la infancia robada. Para revertir esta situación, necesitamos profundizar las políticas sociales para la reducción de la pobreza, generar trabajo genuino y proteger los derechos de la infancia. Debemos instalar la problemática en agenda tomando en cuenta que es una práctica que tiende a perpetuar situaciones de violación de derechos, pobreza, inequidad y exclusión social. Solo así, podremos hacer visible y darles una infancia feliz a esos niños que aún permanecen invisibles para la mayor parte de la sociedad.






























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